Un millón y medio de participantes. Matteo Ricci nos cuenta el Madrid Orgullo, el orgullo gay europeo que más logra difundir por las calles el mensaje de felicidad y diversidad.
Los escalofríos al recuerdo bajan todavía por toda la espalda. Desfilar con el orgullo de llevar, solo, la bandera de Arcigay en el cielo limpio desfilando entre dos alas de gente, sobre todo familias y chicas de Sur América enloquecidas por una fiesta de toda la ciudad. Delante de Plaza de España, desde el escenario gritan: "Somos un millón y medio", pero la impresión es que el número sea mucho más alto. Mientras tanto, el 31° carro, el último, a las 21, probablemente tenía aun que salir algún kilómetro detrás, desde la Puerta de Alcalá.
La impresión es que el sentido profundo del Pride esté hecho para la forma de vivir madrileña, donde toda la ciudadanía acojió el mensaje de felicidad y diversidad, echándose por las calles con la costumbre del botellón, la pasión por el contacto físico, más allá de su orientación sexual.
Si existiera un paraíso de la comunidad LGBT, el Madrid Orgullo sería exactamente esto, dando lugar a esta marea humana, hecha por mensajes en contra de los prejuicios, reivindicación de laicidad, pero sobre todo de calor humano hacia la otra persona, cualquier esta sea, de cualquier raza, religión, género u orientación.
En España tienen ya todos los derechos pero no se paran: este año el tema del Orgullo era "Escuela sin armarios: una escuela sin prejuicios". Desde cada carro, desde cualquier escenario, detrás de cualquier bandera había esloganes, cantos y comicios para acordar que los adolescentes tienen derecho a vivir su identidad dentro de la clase.
Y la ciudad entendió que esta fiesta de todos los colores puede ser la fiesta de toda la ciudadanía, el orgullo de España, la afirmación de un País que ha encontrad su camino de libertad. Hay un contacto humano que supera cada categoría: abuelas de sesenta años y niños en silla de ruedas, abuelos señores y drag con pailletes que superan los tres metros, cada tipo de caracter humano, unido por este espiritu iregular y abrumador indescriptible, sobre todo por un italiano que llega desde un Estado que por la forma y la hipocresía, ha hecho una norma institucional.
Y las instituciones saben que todo esto lleva riqueza, humana y económica. Todas las tiendas de la ciudad enseñan el arcoiris LGBT, Gran Vía, la avenida principal de la capital, por un día y una noche, es propiedad del Pride: tráfico parado, participación en la calle por toda la noche, cantos, música, y celebración de la felicidad.
Y todo lo que en Italia podemos solo empezar en un día de Orgullo, aquí dura 5 días seguidos. El barrio de Chueca, revitalizado en los últimos años por la comunidad gay, ya desde el miércoles por la tarde tenía un programa de eventos culturales, conciertos y música en 6 de sus plazas, yendo cada año más allá hacia barrios siempre más lejanos.
El miércoles por la noche en la Plaza del Rey se entregaba un premio por los 40 años del movimiento, a Stuart Milk, el nieto gay del activista Harvey, que llegaba de San Francisco. Desde el escenario, en inglés tranquilizaba los españoles y celebraba sus habilidades en haber transformado una sociedad en treinta años haciendo lo que Italia no se ha hecho en 60. Decía a ellos que España es el medicamiento del mundo y que curará del homofobia y de la falta de derechos todos los países.
Estos días han pasado muchísimas cosas que hacen llorar un pobre italiano, Alicia en el país de las maravillas. Desde el preservativo gratis regalado en la calle por la Cruz Roja nacional y por el Ministerio de Salud, a los voluntarios del PSOE que distribuyen una hoja en el que se explica porque la homofobia es peligrosa (¿os imaginaís el PD italiano hacer lo mismo?), desde los manifiestos enormes del Ministerio de Salud en contra del Sida dedicados a las personas gay, a los miles de besos bajo el sol entre gay, lesbianas y heterosexuales.
La mañana siguiente, con el orgullo que fluye en las venas, esperando las fiestas en la plaza, compro El País, el mayor periódico español y una foto aerea a colores del millón y medio de cuerpos distintos es en la primera página, acompañada por la declaración de la Ministra de Igualdad contra la violencia homofóbica. Estaba yo también y una emoción me sale.
Por un segundo pienso al pequeño artículo de Repubblica a la página 33 más o menos sobre el Orgullo de Génova. A los ministros avergonzados el pensamiento no llega. Pero a la rabia de nosotros personas LGBT italianas sí. Suerte que para alguna semana más podré seguir con el calor humano de una España que sabe mirar al otro y tener alto con orgullo todas las diversidades.